Leyendas, Historias y Tradiciones de Toledo

Recostada, como en blandos cojines, en siete cerros que ciñe el Tajo con amor, Toledo, la amada de los godos, la virgen sarracena cuya pérdida lamentaron tantas veces los poetas musulmanes, la querida de Carlos V, en cuyos viejos muros dejaron los siglos uno trás otro el selló de su gloria, duerme hoy el sueño del pasado.

 

Nada turba este sueño. Las aguas se deslizan silenciosas por la florida vega; las flores del recuerdo cierran su cáliz sobre las ruinas de los desmoronados castillejos; las sombras de los que fueron  y yacen en calma dentro de sus tumbas.

 

Sembradas en las faldas de esos cerros largas hileras de casuchas de varios colores y diferentes épocas, se alargan indefinidamente, retorciendo su cuerpo de serpiente cual si quisieran escalarlos para ascender hasta su cumbre y mirarse desde allí en la tranquila superficie del río; y en medio de ellas, como flores en un prado de ortigas, se alzan severos monumentos, mudos gigantes de granito que parecen lamentar la muerte de las edades que los dejaron tras sí como muestra de su valer; torreones derruidos en cuyas grietas crece el musgo; templos suntuosos que guardan, escrita en piedra, la oración del siglo en que nacieron; palacios que resonaban ayer con los himnos de la grandeza y hoy repiten el canto del búho que anida en sus almenas desportilladas.

 

Y todo calla, y todo duerme, y nada turba el sueño de la matrona, tendida sobre su asiento de peñascos, vestida de niebla y envuelta en las brumas cual si nadase en un océano de nubes. De cuando en cuando, sin embargo, muévese la matrona; el ángel de las tradiciones bate sobre ella sus alas, y á este blando rumor, séres extraños, de forma nunca vista, se agitan por todas partes y asoman su rostro expresivo por las grietas de los edificios, y las almenas de los torreones, y las columnas de los templos, y las ruinas de los castillos, y los restos de los palacios. Cobra vida un mundo ficticio, formado de memorias del ayer, y se encienden por dó quiera luces fosforescentes que animan con pálido resplandor su despertar.

 

Entonces, herida su imaginación por tales rumores, sueña la vieja matrona, y su sueño son antiguas tradiciones formadas por los génios del pasado, referidas mil y mil veces durante las largas noches de invierno en el seno de hogares hoy apagados, entre el silbido del huracán que azota las puertas y la queja doliente de la lluvia que resbala por los vidrios sus gotas cristalinas, mientras arden los troncos en la chimenea, elevando por sus negras paredes lenguas de fuego y chispas de oro.

 

Y en este sueño de la ciudad, tan largo tiempo adormecida, pasan, estrechándose unos contra otros, arrastrados como granos de arena,

  • La animosa mujer que hundió en las aguas el secreto vergonzoso que guardaba la honra de su marido, llevando en su mano segura la antorcha que brilla como un fuego fatuo en medio de las tinieblas de la noche;
  • El rey desgraciado tapándose los oídos para no oír el grito aterrador de su conciencia.
  • La sombra de Florinda lamentando sus extravíos en las orillas del rio;
  • El monarca de adusto ceño, inquieto porque falta á sus debes violando el santuario de la conciencia de un pueblo;
  • Los secretos de aquellos que buscaron y quien saben si encontraron el secreto de la creación;
  • El futuro Rey que con su mano horadada, obtuvo el secreto de una ciudad milenaria;
  • Las burladas doncellas que llevan en las manos una bandeja y en ella la cabeza del burlador;
  • El secreto de aquel otro burlador, que entre sortilegios encontró la forma de burlar a la misma muerte
  • El Rey moro herido por la cólera del Dios de los cristianos, cuyo nombre desprecia;
  • El falso santo arrebatado por una idea fanática, que con un crucifijo en la mano predica la destrucción y la matanza en nombre de un Dios de perdón y misericordia;
  • El extraviado mancebo, retenido cual por potente imán en torno del montón de oro que le haría vivir feliz sobre la tierra;
  • Del amante sacrificado á la venganza de un Padre ultrajado junto al cual gime una pobre loca de rodillas;  
  • De la princesa mora que ve convertirse los alimentos en flores al pié de la funesta entrada de una carcel;
  • El caballeroso caudillo sarraceno que, de pié en alta peña, se cubre el rostro con el jaique para llorar la muerte de su amada;
  • El feroz walí, arrebatado por la venganza, alzándose triunfante y vencedor sobre un montón de cabezas sangrientas;
  • El noble á cuya invocación se abren los muros para defenderle de sus traidores enemigos;
  • Los mil y un cuentos y tradiciones inventadas para perpetuar las antiguas creencias;
  • La princesa mora que deja su religión y su patria para seguir á su amado;
  • El obispo que bien pago su deuda con un humilde zapatero.
  • El orfebre que en su humildad logro el arte de los duendes;
  • El obispo que purga eternamente el sacrilegio cometido por los suyos en la Catedral
  • ...

Y cuando estas y otras figuras aparecen irguiéndose sobre las torres, las ruinas y los escombros, la luna oculta su luz tras negras nubes, las nieblas se espesan más y más, y los pájaros de la noche dejan oír sus estridentes graznidos, que forman una orquesta desacorde y horrible, cuyos fatídicos ecos se estrellan con furor entre las peñas que dominan el Tajo. El espacio parece lleno de figuras fantasmales, el aire vuela cargado de suspiros como choque de ramas en el árbol movido por el huracán.

 

Esto es producto de esos sueños de una ciudad. de un recopilador de sus consejos  historias y de tradiciones, que guarda algo de la vida de esa ciudad, que fue tan grande hace cuatro siglos que sólo vive del rastro que dejó en el mundo su grandeza. Algo de sus creencias, de su modo de ser. Urna de sus memorias, encierra en su seno la palabra misteriosa de su nombre que evoca el pasado y le hace vivir en el presente la vida de los recuerdos. Quizá á vosotros no os hagan efecto alguno las viejas historias leídas en la calma del gabinete:

 

yo', por mi parte, declaro que muchas veces, al escuchar la tradición en el mismo lugar en que pasó, en la noche y en la soledad, he cerrado los ojos y me he tapado los oídos con incrédulo pavor mientras veía los sitios que describo, y oía rumores que no se pueden describir, y mi espíritu vacilaba, y la sangre afluía á mi corazón.

 

Toledo es una vieja ciudad; por lo tanto, sus cuentos han de ser cuentos de vieja: leedlos, sin embargo, con atención. Esos cuentos que arrullaron en otro tiempo nuestra infancia, van siempre unidos á los recuerdos más queridos de la vida.

 

Adaptado para esta pagina del  prologo escrito por: Eugenio De Olavarria Y Huarte 1880 (Tradiciones de Toledo)

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